viernes, 19 de febrero de 2016

CHERNÓBIL, LO QUE OJO NO VIO.

No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De que?

   Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba.. Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. y en el bajo estaban los coches. unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...

   En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:

  - Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.

 No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo e la central estaba cubierto de asfalto sobre el que la gente andaba, como él después recodaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona, se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.

   Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta al aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. íbamos a sembrar, a arar, Era su trabajo favorito... Su madre recodaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.

   Pero se lo llevaron al ejército, Sirvión en Moscú, en las tropas de bomberos y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa  [calla.]

   A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...

   Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: <>. No solo yo, vinieron todas las mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche en la central. 

  Corrí en busca de una conocida que trabajaba como médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche.

   - ¡Déjame pasar!
   - ¡ No puedo! Está mal. Todos están mal.
Yo la tenía agarrada:
   - ¡Solo quiero verlo!
   - Bueno ---me dice---, corre. Quince o veinte minutos.

   Lo ví... Estaba hinchado, todo inflamado... Casi no tenía ojos..

---¡ Leche! ¿Mucha Leche! me dijo mi conocida---. Que beba al menos tres litros.

--- Él no toma leche.
--- Pues ahora tendrá que beber.

Muchos médicos, enfermeras y , especialmente, las auxiliares de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas. Morirían... Pero entonces nadie lo sabía.

   A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el prirmero... El primer día... Luego supimos que, bajo los escombros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...

Le pregunto:

   - Vasia, ¿Que hablo?
   - ¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño.
   - Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿Como lo voy a dejar?

El me pide:

   - ¡Vete! ¡Salva al crió!
   - Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos.

   Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pues la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían al sentid sin para y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.

   Entretanto , la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿Como iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...

   Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre al muchedumbre, alguien entendió lo que de decía: que aquella noche se los llevaban a Moscuú. Todas las esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos vamos con ellos. ¡ Dejarnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos. Los soldados..., los soldados ya habían formado un doble cordón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no funcionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos...

   Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad ), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma...Gritando y maldiciendo...

   Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o , a lo mejor, cinco días. <<Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña>>. La gente hasta se alegró_<<¡Nos mandan al campo!>>. Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnet´fonos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.

   - No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si despertara:

   -¡Mamá, Vasia está en Moscu! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!

   Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles...[¡Y a la semana evacuarían la aldea!] ¿Quien lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal...

   Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: <<¡Liusia, Liusia!>>. Pero, una vez que murió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. [Llora.] Me levanté por la mañana y me dije: <Moscú
. Yo que... >>
   -¿Adónde vas a ir en tu estado?- Me dijo llorando su madre. También se vino conmigo mi padre:

   -Será mejor que te acompañe. -Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...

   No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza todo el camino... En Moscú preguntamos al primer miliciano que encontramos a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello porque nos había asustado: <ultrasecreto
... >>
   - A la clínica número seis. A la Schúnkinskaya.

   En el hospital, que era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dijo: <>. Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le suplique, le imploré ... Lo cierto es que ya estaba en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aun no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo... Encontrarlo...

 Ella me preguntó enseguida:

   - ¡Pero, alma de dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos? ¿Como iba a decirle la verdad? Estaba claro que tenía que esconderle mi embarazo. ¡No me dejaría ver!

Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.

   - Si - Le contesto.
   - ¿Cuantos?

   Pienso: <>. 

   - Un niño y una niña.
   - Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado por completo: la médula está completamente dañada...

   <>.

   - Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido que os abracéis y que os beséis. No te acerques mucho. TE doy media hora.

   Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba, sería con él. ¡Me lo había jurado a mí misma!

   Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, riendo.

   - ¡Vasia! - lo llaman.

Se da la vuelta

   -¡Vaya! ¡Hasta aquí me has encontrado! ¡Estoy perdido!

   Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa una 52. Las mangas cortas, los pantalones... Pero ya le había bajado al hinchazón de la cara... Les inyectaban no sé que solución....

  Y el que quiere abrazarme.

   - Sentadito- La médico no le deja acercarse a mí.