viernes, 30 de julio de 2010


Desde hace unos pocos años, les he puesto un piso a mis libros, así de crudo. Las
personas que vienen de visita a este piso cubierto todo el de
estanterías, donde yo mismo naturalmente cohabito en concubinato con ellos, se quedan al principio un poco perpejlas,incluso las que se dedican profesionalmente a escribir. La pregunta mas corriente es: "¿te los has leido todos?", ¡que impertinencia!, ¿les pregunto yo a mis amigos si se han sentado en todas las sillas y sofás, taburetes y tumbonas de sus casas de la ciudad y de la sierra?. Ellibrotismo como todo amor de verdad es una apuesta de futuro y yo un
vicioso prudente he almacenado esta amplia galería de objetos amados
pensando en la vejez o en las vacas flacas.


Esas criaturas mudas pero en absoluto silenciosas que me acompañan dia y noche, son un cielo. Las tengo muy bien instaladas pese a algún aprieto, las limpio
yo mismo siempre que encuentro el tiempo con un plumero específico,las
saco a respirar de su balda de vez en cuando, no todas las veces
pasando cada una de sus páginas. A la cama me llevo cada noche, dos o
tres ejemplares, aunque uno siempre es el favorito de la mesilla, que
con la iluminación de un par de velas, me duermo placidamente,
arrullado por sus palabras y a la mañana siguiente despierto y allí
siguen como una roca. No hay que prepararles el desayuno ni llevarlos
al colegio. Según a como esta el metro cuadrado en mi zona, pagarle un
piso al libro es un lujo, un lujo prohibitivo que aún me permito en la
vida

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